Texto íntegro de algún capítulo o extracto de algún libro a libre elección

 TEXTO: Obras clasicas de siempre 

¡Primer día de clase! ¡Se fueron como un sueño los tres meses

de vacaciones pasados en el campo! Mi madre me llevó esta

mañana a la sección Baretti para inscribirme en la tercena

elemental. Yo me acordaba del campo e iba de mala gana.

Todas las calles que desembocan cerca de la escuela

hormigueaban de muchachos; las dos librerías próximas

estaban llenas de padres y madres que adquirían carteras,

cuadernos, cartillas, plumas, lápicesen la puerta misma se

apiñaba tanta gente que el bedel, auxiliado por los guardias

municipales, tuvo que poner orden. Al llegar a la puerta sentí

un golpecito en el hombro: volví la cara y era mi antiguo

maestro de la segunda, jovial, simpático, con su cabello rubio

rizoso y encrespado, que me dijo:

—Conque, ¿nos separamos para siempre, Enrique?

De sobra lo sabía yo; y, sin embargo, ¿aquellas palabras me

hicieron daño! Entramos, por fin, a empellones. Señoras,

caballeros, mujeres del pueblo, obreros, oficiales, abuelas,

criadas, todos con niños de la mano y cargados con los libros y

objetos antes mencionados, llenaban el vestíbulo y las escaleras

produciendo un rumor como el de la salida del teatro. Volví a

ver con alegría aquel gran zaguán del piso bajo, con las siete

puertas de las siete clases, por el cual yo había pasado casi a

diario durante tres años. Las maestras de los párvulos iban y

venían entre el gentío. La que había sido mi profesora de la

primera superior me saludó diciendo:

—¡Enrique, tú vas este año al piso principal, y ni siquiera te

veré al entrar o salir!— y me miró apenada.

El director estaba rodeado de madres que le hablaban a la vez;

pidiendo puesto para sus hijos; y por cierto que me pareció que

tenía más canas que el año anterior... Encontré algunos chicos

más gordos y más altos que cuando los dejé; abajo, donde ya

cada cual estaba en su sitio, vi algunos pequeñines

resistiéndose entrar en el aula y que se defendían como

potrillos, encabritándose; pero a la fuerza los introducían. Aun

así, algunos se escapaban ya una vez sentados en los bancos, y

otros, al ver que se marchaban sus padres, rompían a llorar, y

era preciso que volvieran las mamás, con todo lo cual la

profesora se desesperaba. Mi hermanito se quedó en la clase de

la maestra Delcatti; a mí me tocó el maestro Perboni, en el piso

primero.

A las diez, cada cual estaba en su sección; cincuenta y cuatro en

la mía; sólo quince o dieciséis eran antiguos condiscípulos míos

de la segunda, entre ellos Derosi, que siempre sacaba el primer

premio. ¡Qué triste me pareció la escuela recordando los

bosques y las montañas donde acababa de pasar el verano! Me

acordaba también ahora con nostalgia de mi antiguo maestro,

tan bueno, que se reía tanto con nosotros; tan chiquitín que casi

parecía un compañero; y sentía no verlo allí con su rubio

cabello enmarañado.

El profesor que ahora nos toca es alto, sin barba, con el cabello

gris, es decir, con algunas canas, y tiene una arruga recta que

parece cortarle la frente; su voz es ronca y nos mira a todos

fijamente, uno después de otro, como si quisiera leer dentro de

nosotros; no se ríe nunca. Yo decía para mía: ―He aquí el primer

día. ¡Nueve meses por delante! ¡Cuántos trabajos, cuántos

exámenes mensuales, cuántas fatigas!‖.

Sentía verdadera necesidad de volver al encuentro de mi

madre, y al salir corrí a besarle la mano. Ella me dijo:

—¡Ánimo, Enrique! Estudiaremos juntos las lecciones.

Y volví a casa contento. Pero no tengo el mismo maestro, aquel

tan bueno, que siempre sonreía, y no me ha gustado tanto esta

aula de la escuela como la anterior.

Desde esta mañana, también me gusta mi nuevo maestro.


la entrada, mientras él se instalaba en su sitio, se

asomaban de vez en cuando a la puerta varios de sus discípulos

del año anterior para saludarlo:

—Buenos días, señor Perboni.

—Buenos días, señor maestro.

Algunos entraban, le tomaban la mano y escapaban. Se veía

que lo querían mucho y que habrían deseado seguir con él. Él

les contestaba:

—Buenos días —y les estrechaba la mano, pero sin mirar a

ninguno; durante cada saludo se mantenía serio, con su arruga

en la frente, vuelto hacia la ventana, contemplando el tejado de

la casa vecina, y en lugar de alegrarse de aquellos saludos, se

adivinaba que le daban pena.

Después nos miraba, uno tras otro, con mucha atención.

Empezó a dictar, paseando entre los bancos, y al ver a un chico

que tenía la cara muy enrojecida y con unos granitos, dejó de

dictar, le tomó la barbilla y le preguntó qué tenía, tocándole la

frente para ver si tenía fiebre. En ese momento un chico se puso

de pie y empezó a bufonear a espaldas de él. Se volvió de

pronto, como si lo hubiera adivinado, y el muchacho se sentó y

esperó el castigo, con la cabeza baja y encarnado como la grana.

El maestro se acercó a él, le posó la mano sobre la cabeza y le

dijo:

—No lo vuelvas a hacer.

No dijo más. Se dirigió a la mesa y acabó de dictar. Cuando

concluyó, nos miró unos instantes en silencio, y con voz lenta y,

aunque ronca, agradable, empezó a decir:

—Escuchad: tendremos que pasar juntos un año. Procuremos

pasarlo lo mejor posible. Estudiad y sed buenos. Yo no tengo

familia. Vosotros sois mi familia. El año pasado todavía tenía a

mi madre: se me ha muerto. Me he quedado solo. No os tengo

más que a vosotros en el mundo; no poseo otro afecto ni otro

pensamiento. Debéis ser mis hijos. Os quiero bien, y debéis

pagarme con la misma moneda. Deseo no castigar a ninguno.

Demostrad que tenéis corazón; nuestra escuela será una familia,

y vosotros mi consuelo y mi orgullo. No os pido que lo

prometáis de palabra, porque estoy seguro de que en el fondo

de vuestras almas ya lo habéis prometido, y os lo agradezco.

En aquel momento apareció el bedel a dar la hora. Todos

abandonamos los bancos, despacio y silenciosos. El muchacho

de las piruetas se aproximó al maestro y le dijo con voz

temblorosa:

—¡Perdóneme usted!

El maestro lo besó en la frente y le dijo:

—Bien, bien; anda, hijo mío.


1. Sustantivos 

2. Adjetivos 

3. Adverbios 

4. Preposiciones 

5. Conjunciones 

6. Pronombres 

7. Verbos. 

8. Uso correcto de la “b”, “v”, “ll”,” y”, ”s”, ”c”, ”z” y “h”

Comentarios

Entradas populares de este blog

Los beneficios personales y profesionales de cursar la asignatura Ortografía